El mito de la lucha entre los jaguares del amanecer y los jaguares del anochecer

La relevancia del jaguar en la cultura maya está reflejada en la leyenda de la lucha de los jaguares, parte de los mayas lacandones.

Lucha de los jaguares

El crepúsculo es un espectáculo de colores que presenciamos al amanecer y al ponerse el sol, como efecto de la luz en las nubes. Pero, ¿qué tal si esos colores son en realidad la sangre de bravos guerreros que lucharon a muerte, en tiempos ancestrales, para garantizar la salida del sol para siempre? Entre los mayas lacandones existe un mito que cuenta la batalla unos feroces jaguares en cielo, gracias a los cuales el sol brilla sobre todas las cosas.

Seguro nos resulta surreal la idea de que el cielo del crepúsculo sea la sangre de unos jaguares que pelaron a ultranza, pero en algún tiempo esta fue la mejor explicación, al menos entre los mayas del sur mexicano. Una idea que no resulta tan descabellada si entendemos el pensamiento de estos hombres.

Así pues, hay que comprender que los hombres antiguos de Mesoamérica vivían temerosos de que el sol no volviera a salir, hecho que supondría el fin de su civilización. Por esta razón, existen tantos mitos sobre el difícil viaje que debe hacer el sol para volver a salir. Uno de ellas es el relato fantástico que narra la batalla entre los jaguares del amanecer y el anochecer, disputando la supremacía del día o de la noche.


La lucha entre los jaguares del amanecer y del anochecer

Para los mayas lacandones, que tienen su hogar entre la espesa selva Lacandona del sur de México, el sol, K’in en lengua maya, no siempre pudo hacer libremente su recorrido que llena de luz y júbilo a los hombres. En algún tiempo el sol dependía de sus guerreros, unos jaguares que le ayudaban a luchar contra la noche y sus soldados. Para esta civilización maya, el triunfo del sol sobre la oscuridad es el fruto de la lucha entre los jaguares del amanecer y los jaguares del anochecer.

En los tiempos más antiguos, habitaban el mundo las deidades jaguares del amanecer, unos jaguares de belleza incomparable. Estos seres acompañaban día con día al sol en su trayecto celeste, pues este debía luchar contra la noche y su séquito de jaguares del anochecer. De esta manera, feroces batallas se libraban día tras días: los jaguares del amanecer se imponía sobre los de la oscuridad por un tiempo, luego los jaguares de la oscuridad vencían a los aliados del sol. La lucha incesante entre jaguares, el sol y la noche duró por mucho tiempo.

Sin embargo, llegó el hartazgo de la lucha y los jaguares pactaron una batalla final, una batalla que definiría el reinado absoluto del sol o de la oscuridad. Así fue como sucedió el combate más brutal de todos, los jaguares se enfrentaron a muerte. Fue tanta la sangre derramada que el cielo se tiñó de un rojo intenso, un rojo resplandeciente que anunció la victoria de los jaguares del amanecer y el imperio del sol. No obstante, los jaguares de la luz se mostraron generosos y permitieron a los felinos de la noche que la oscuridad cubriera el cielo del mundo por algunas horas.


Los jaguares del amanecer, cautos en su proceder, acordaron que la noche siempre rendiría respeto al sol, el dios K’in. Y para que los jaguares de la noche no fueran a olvidar lo prometido, durante todos los crepúsculos, ya sean al amanecer o al ocaso, el cielo se teñiría de tonos rojos, naranjas, amarillos y púrpuras, recordando la atroz batalla librada y que el sol ganó. Por esta razón, se dice que los crepúsculos son la sangre colorida de los jaguares y el pacto de que el sol gobernará la tierra.

Una cultura llena de jaguares

No sólo los mayas incluían al jaguar entre los seres sagrados, también lo hicieron los aztecas ―que daban el título de guerrero jaguar a ciertos soldados― y los olmecas, quienes decían que la noche es la piel de un enorme jaguar, donde cada estrella era uno de sus lunares. Estas culturas florecieron en las inhóspitas junglas, rodeados de superdepredadores como el jaguar. Por lo tanto, este felino abunda en sus mitos y arte, como alguna vez merodearon en sus aldeas.

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